Dolina dice que los hombres siempre acusan a la mujer de dejarlos por un problema mental o moral porque consideran, por su orgullo, imposible que los dejen de querer. De ahí viene, según Dolina, la actitud masculina de querer recuperar a la mujer o de querer convencerla de que no lo deje, de la incapacidad de comprender que no-los-quieren-más. También de ahí vienen los tremendos catálogos que se comen las mujeres por ser tan frías y locas de dejar de querer. Seguro que es culpa de nuestra madre, amigas, infancia, hormonas, traumas.
No es que queremos seguir con nuestras vidas: necesitamos una lobotomía.
Esta noción es inflada por todo el círculo de amiguistas, madres y vecinas que rodea al hombre y que le dice "uh, vos la podrías haber ayudado, eras el mejor para ella, ella se lo pierde" y otras yerbas.
Obviamente que no es tan complicado, hace poco una mujer que acunaba a su niña recién nacida me dijo: "Yo le voy a decir que pruebe con muchos, yo así conocí a su padre" y me morí de amor. Me conmovió saber que en algún lugar del mundo, algunas mujeres, no transmiten el tabú de las relaciones y de los errores a sus hijas. Está bien tener relaciones, está bien equivocarse, está bien seguir con nuestras vidas.
En este mismo momento está pasando que una criatura se salva de escuchar a su madre que su destino es casarse mientras las tetas estén arriba y con el primer buen señor que le lleve un ramo de flores.
Muchos pensaran que ese discurso ya no se usa, pero se equivocan. Todavía hoy, es lamentable reconocerlo pero es así, alguna madre le esta transmitiendo a su hijo su necesidad de tener nietos pronto y que es el mejor y el más lindo y que si las chicas no lo quieren, es porque están mal de la cabeza.
Mostrando entradas con la etiqueta Muejejeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Muejejeres. Mostrar todas las entradas
lunes, 3 de enero de 2011
sábado, 11 de septiembre de 2010
La fingidora
Me juré mil veces no hacer este tipo de post, mi palabra no vale. Antes que nada quiero aclarar que siento sincera piedad por estas personas, pero son más hinchapelotas que una madre menopáusica.
No estoy hablando de mujeres que mienten o que ocultan, son personas que por alguna razón de la autoestima reniegan de sus orígenes, de su identidad, y se plantean como objetivo ser el modelo acabado de quien quieren ser. Esto no se remite a una cuestión socioeconómica, estas chicas son el extremo del makeover extremo; en algún momento de su vida decidieron que querían ser “esa” y allí fueron, poniendo alma y vida en acercarse lo más posible al modelo, a lo que ellas consideraran como la actualización de todas sus potencias. Su actitud tiene dos problemas fundamentales. Primero, el “modelo” es una percepción que suele estar totalmente desvirtuada de la realidad, se acercan a lo que ellas entienden que una “persona así” es y este problema está intrínsecamente vinculado con el segundo: la falta de naturalidad de la nueva identidad se traduce en una postura exagerada y forzada, por lo que estas mujeres tienden a estar a la defensiva todo el tiempo y llegan, lamentablemente, a convertirse en una caricatura de lo que querían ser y de si mismas.
Tenemos, por ejemplo, el caso de una ex fea anti social que está decidida en ser un gato refinado. Después de las tetas vino el gimnasio acompañado de expresiones como “yo me compro todo en Nike, obvio”; clases de cocina gourmet; vestirse como la esposa del amante. La neogeisha piensa que ser sofisticada es bañarse en perfume, ser territorial y peleadora con otras mujeres, mofarse de la sencillez de los demás. Estas mujeres, obsesionadas porque no se note que alguna vez tuvieron un rollito o su nariz tenía otra forma cuando nacieron, eventualmente desarrollan enfermedades “cool” como anorexia nerviosa en caso de que alguien les quite la vista por más de diez minutos.
La lista es eterna, la niña bien devenida en “la masa” te puede aturdir toda la noche contándote sobre sus múltiples militancias extremas, sacar un ojo con sus tachas y matar –literalmente- matar del aburrimiento con su grosería made in Zona Norte. (Para esta clase de gente recomiendo mirar Burton Fink, que habla de más o menos lo mismo aplicado a la snorbia intelectual).
Ser sofisticada no es mirar con la nariz arrugada a quienes los rodean; la clase obrera no es un conjunto de tics burdos y ordinarios; tener buen gusto no es gastar $150 en un vino de renombre. Pero me dan pena en serio, me consta que hasta el más íntimo lugar de su casa es un altar del “modelo”, que son 24 horas al día de actuación, que terminan siendo objeto de la burla más cruel, que son las personas más vulnerables del mundo (y, a riesgo de sonar como una femitonta, los hombres lo saben). Son de esa clase de persona que me gustaría poder confrontar pero que me abstengo, porque no hay mujer más mala que la que siente que su personaje no es creíble.
No estoy hablando de mujeres que mienten o que ocultan, son personas que por alguna razón de la autoestima reniegan de sus orígenes, de su identidad, y se plantean como objetivo ser el modelo acabado de quien quieren ser. Esto no se remite a una cuestión socioeconómica, estas chicas son el extremo del makeover extremo; en algún momento de su vida decidieron que querían ser “esa” y allí fueron, poniendo alma y vida en acercarse lo más posible al modelo, a lo que ellas consideraran como la actualización de todas sus potencias. Su actitud tiene dos problemas fundamentales. Primero, el “modelo” es una percepción que suele estar totalmente desvirtuada de la realidad, se acercan a lo que ellas entienden que una “persona así” es y este problema está intrínsecamente vinculado con el segundo: la falta de naturalidad de la nueva identidad se traduce en una postura exagerada y forzada, por lo que estas mujeres tienden a estar a la defensiva todo el tiempo y llegan, lamentablemente, a convertirse en una caricatura de lo que querían ser y de si mismas.
Tenemos, por ejemplo, el caso de una ex fea anti social que está decidida en ser un gato refinado. Después de las tetas vino el gimnasio acompañado de expresiones como “yo me compro todo en Nike, obvio”; clases de cocina gourmet; vestirse como la esposa del amante. La neogeisha piensa que ser sofisticada es bañarse en perfume, ser territorial y peleadora con otras mujeres, mofarse de la sencillez de los demás. Estas mujeres, obsesionadas porque no se note que alguna vez tuvieron un rollito o su nariz tenía otra forma cuando nacieron, eventualmente desarrollan enfermedades “cool” como anorexia nerviosa en caso de que alguien les quite la vista por más de diez minutos.
La lista es eterna, la niña bien devenida en “la masa” te puede aturdir toda la noche contándote sobre sus múltiples militancias extremas, sacar un ojo con sus tachas y matar –literalmente- matar del aburrimiento con su grosería made in Zona Norte. (Para esta clase de gente recomiendo mirar Burton Fink, que habla de más o menos lo mismo aplicado a la snorbia intelectual).
Ser sofisticada no es mirar con la nariz arrugada a quienes los rodean; la clase obrera no es un conjunto de tics burdos y ordinarios; tener buen gusto no es gastar $150 en un vino de renombre. Pero me dan pena en serio, me consta que hasta el más íntimo lugar de su casa es un altar del “modelo”, que son 24 horas al día de actuación, que terminan siendo objeto de la burla más cruel, que son las personas más vulnerables del mundo (y, a riesgo de sonar como una femitonta, los hombres lo saben). Son de esa clase de persona que me gustaría poder confrontar pero que me abstengo, porque no hay mujer más mala que la que siente que su personaje no es creíble.
miércoles, 14 de abril de 2010
Irreproducible
Una amigapsicóloga me dijo, al pasar pero yo ya hago como que me explicó seis años de teoría compleja sobre la psiquis humana, que tener hijos es una cuestión de autoestima. Será por eso, y porque creo que no me incluyeron útero cuando me hicieron, que no hay nada que me atraiga menos que la idea de procrearme.
Tener hijos es un acto complejo, requiere capacidades intelectuales, organizativas y emocionales muy elaboradas. Soy de las que cree que hay que pensarla un poco más (vamos chicas, prueben con que les sobreviva un potus antes).
Además, no me generan gran cosa las madres tampoco. Estoy harta de esas mujeres que son un desastre caminando, que dependen de todos a su alrededor para su supervivencia más básica y que, y esto es determinante en mi escala de odio, lloran en el trabajo. Estas mujeres se quedan dormidas y sus chicos faltan a la escuela, se los olvidan en los cumpleaños, manejan como el culo, siempre están apuradas, siempre se están quejando. También hacen otra cosa que detesto: se comparan con las otras mujeres desde un altar. “Ah claro, vos podés tener ropa linda, porque no tenés hijos, si tuvieras hijos estarías toda manchada, como yo”, “sí, ella puede ir a la peluquería, porque no tiene que buscar a los nenes a la escuela”, “yo temprano no voy a llegar nunca, porque le tengo que dar de comer al nene”. Basta señora, basta, no me escorche más, lo hubiera pensado más, hubiera tomado pastillas, no se puede el pan, la torta, la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos lights porque con los nenes no podés ir al gimnasio.
Me genera ansiedad que mi perro se deprima cuando no estoy en casa, también tuvo dermatitis y estuvo internado por intoxicación ¡y nadie me vino a dar un Nobel!, la vida es así. Está bien, un nene no es un perro. Si mi perro pinta depresivo no quiero ni pensar lo que van a ser mis hijos. Pero los suyos, señora, ya se lo digo: van a ser unos traumados, si no los va a ir a buscar a tiempo al cumpleaños ni lo mande, porque no sabe lo triste que es ser el último boludo con la bolsita en la mano mirando cómo lo odian todos los parientes del cumpleañero.
Tener hijos es un acto complejo, requiere capacidades intelectuales, organizativas y emocionales muy elaboradas. Soy de las que cree que hay que pensarla un poco más (vamos chicas, prueben con que les sobreviva un potus antes).
Además, no me generan gran cosa las madres tampoco. Estoy harta de esas mujeres que son un desastre caminando, que dependen de todos a su alrededor para su supervivencia más básica y que, y esto es determinante en mi escala de odio, lloran en el trabajo. Estas mujeres se quedan dormidas y sus chicos faltan a la escuela, se los olvidan en los cumpleaños, manejan como el culo, siempre están apuradas, siempre se están quejando. También hacen otra cosa que detesto: se comparan con las otras mujeres desde un altar. “Ah claro, vos podés tener ropa linda, porque no tenés hijos, si tuvieras hijos estarías toda manchada, como yo”, “sí, ella puede ir a la peluquería, porque no tiene que buscar a los nenes a la escuela”, “yo temprano no voy a llegar nunca, porque le tengo que dar de comer al nene”. Basta señora, basta, no me escorche más, lo hubiera pensado más, hubiera tomado pastillas, no se puede el pan, la torta, la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos lights porque con los nenes no podés ir al gimnasio.
Me genera ansiedad que mi perro se deprima cuando no estoy en casa, también tuvo dermatitis y estuvo internado por intoxicación ¡y nadie me vino a dar un Nobel!, la vida es así. Está bien, un nene no es un perro. Si mi perro pinta depresivo no quiero ni pensar lo que van a ser mis hijos. Pero los suyos, señora, ya se lo digo: van a ser unos traumados, si no los va a ir a buscar a tiempo al cumpleaños ni lo mande, porque no sabe lo triste que es ser el último boludo con la bolsita en la mano mirando cómo lo odian todos los parientes del cumpleañero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
